SANTA MARÍA, LA QUE DESATA NUDOS: RUEGA POR NOSOTROS

Nudo es un lazo que se estrecha y cierra de modo que con difi­cultad se puede soltar por sí solo y que, mientras más se tira de los dos cabos, más se aprieta. Si el nudo es muy difícil de soltar, se llama “nudo ciego”, y “nudo gordiano”, si es insoluble por medios ordinarios: en es­te caso, siempre hay quien siente la tentación de resolverlo a golpe de espada. No es buen sistema desatar nudos a golpe de espada o de tijeras.

Nudo es sinónimo de dificultad principal: “Este es el nudo de la cuestión”, decimos. Tenemos muchas dificultades; estamos llenos de nudos y de mil ataduras que no podemos, o no sabemos desatar. Se nos hacen nudos, muchos nudos, por dentro, y andamos muy trabados por fuera y por dentro.

¿Cómo salir de tanto enredo? ¿Quién nos puede desatar tanto nudo?

Señor, necesitamos que nos envíes alguien que nos desate, para poder ir a ti. Un santo Padre, que bebió en las fuentes mismas de la tradición apostólica, dice que el nudo que nos hizo Eva lo deshizo María.

Gracias, Señor. Al darnos por Madre a tu misma Madre, nos has dado la solución. En Santa María Virgen tenemos la experta en desatar nudos difíciles, soltar trabas y deshacer ataduras que nos parecen impo­sibles. Qué bueno es tener cerca alguien que sabe atar y desatar.

Mira, Madre, a todos se nos hacen nudos. Todos nos sentimos atados, muy atados a personas y a cosas que nos limitan, condicionan, detienen y traban. Se nos enredan tanto las cosas que no hay manera. Hasta el Rosario se nos anuda y enreda.

Cuántas veces tenemos la sensación de querer y no poder; esta­mos como trabados. Y no es bueno que anden anudados y trabados los que Dios ha creado libres. Mira, Madre, la fraternidad se nos está haciendo nudo difícil. Y también se nos hace nudo la vida de fe, la convivencia en la sociedad, la vida en la familia y la comunión eclesial. Con frecuencia los lazos se nos hacen nudos.

Desata los nudos que hacen difícil tratarnos y querernos como hermanos. Despierta el amor filial que duerme en el corazón de cada per­sona. Que no se nos rompa “el amor que es el ceñidor de la unidad con­sumada”. Desarrolla la vida del Bautismo que nos hizo hijos de Dios: eso sí que haría crecer en nosotros la fraternidad. Desata y suelta con mano dulce y firme todas las ataduras que impiden llevar una vida fraterna y eclesial. Tú, Madre de la Iglesia, haces que la Iglesia se sienta familia.

Actúa a fondo, oh experta “desata-nudos”. Mira, cómo nos cues­ta creer y aceptar el magisterio de la Santa Iglesia. A algunos la Iglesia se les ha hecho un “nudo” en la garganta y en el corazón: cómo hablan de la Iglesia, con qué desamor. Tú ayudas a que en la Iglesia nos sinta­mos familia. Qué nudos tan grandes se nos hacen en la disciplina eclesiástica, y en la caridad fra­terna, y en las relaciones mutuas y en la vida de comunidad.

No acabamos de soltarnos a una vida en la confianza, en la sin­ceridad y en la sencillez. La agresividad, la intolerancia, el desafecto, los recelos, las envidias, los odios, el desconocimiento mutuo y la mutua desconexión están apretando tanto los lazos efectivos, que nos deberían tener unidos en fraternidad, que los convierten en nudos gordianos de no fácil solución.

No nos comprendemos, no nos perdonamos fácilmente, no aca­bamos de romper trabas, atados como estamos a prejuicios, sospechas, temores, complejos y cobardías. Como asnos atados; necios, que nos dejamos atrapar; imprudentes, que no miramos la salida antes de entrar.

Santa María, que desatas los nudos más difíciles, Tú liberas nuestra fe y haces que dé sus frutos; liberas, también, de pudores equí­vocos, de orgullos secretos, de temores irreflexivos y de dudas confusas, de todas esas trabas que nos impiden ser libres con la libertad de hijos de Dios. Nos ponemos en tus manos de experta “desata-nudos”. Confiamos en Ti.

En este enredo de nudos, todos somos niños. Vayamos a Ella como niños, nos hagamos niños y le diga­mos: “Mamá, se me ha hecho un nudo”. “Ven, que te lo suelto”, nos dirá. Y lo hace. Todos tenemos nudos, algún nudo que sólo la Madre sabe des­atar. Intercede por nosotros. Desenreda nuestros nudos con tus dulces, expertas y amorosas manos de experta desata-nudos.

Santa María, tú sabes atar bien sin hacer “nudos ciegos”, ayúda­nos; no permitas que se hagan nudos insolubles en nuestra vida; que nunca seamos nosotros un nudo que entorpezca y dificulte.

Los nudos no se resuelven apretándolos aún más, ni dando gol­pes de espada. Si la Virgen María estuviera más presente en nuestros plantea­mientos pastorales y espirituales, no habría tanta agresividad en la Iglesia y en la sociedad; se desatarían muchos nudos que imposibilitan la fraternidad, la convivencia y la vida comunitaria, así como las rela­ciones con la sagrada Jerarquía. Si la presencia de María fuera más viva, Ella nos enseñaría a vivir en el misterio, a estar aguardando pobre y filialmente los signos de la voluntad misteriosa de Dios.

Y aunque sucediera lo peor, ¿qué sabemos nosotros de los planes de Dios? Es asunto de Dios, de nuestro Buen Dios. El cristianismo es suyo. La Iglesia es suya.

“Hágase” es la afirmación de la nada de la criatura frente a la omnipotencia crea­dora de Dios. Así se desatan todos nuestros nudos. Qué maravilla. María desata todos nuestros nudos enseñándonos a vivir humildemente en el misterio, sin imponer a Dios los tiempos ni los modos de su actuar.

Ella es la primera y la más perfecta discípula del Señor, el mode­lo perfecto para el cristiano más exigente, el espejo más limpio de las esperanzas de los hombres de nuestro tiempo: la que desata y disuelve todos los nudos que esclavizan.

Santa María, la que desatas nudos, actúa en nosotros. Tú sabes atar y desatar muy bien. Desata nuestros nudos mal hechos y ata bien nuestra vida, como Tú sabes hacer, sin nudos, con los hermosos lazos de la unidad, la concordia y la paz.

 

Santa María, la que desata nudos, ruega por nosotros.

 

 Resumen texto de + Damián Iguacen Boráu

2017-06-07T06:26:42+00:00